SEQUÍA (tengo un poco abandonado el blog, pero no es por eso...)
Acabadas las vacaciones, que este año han llegado ligeramente adelantadas, retomo este espacio con la intención de escribir con más asiduidad de la que hasta ahora vengo haciéndolo, aunque tal vez no sea este momento del año el más adecuado, con los posibles lectores disfrutando de su anual descanso y alejados por tanto del tráfago de la red.
Para abrir boca reproduzco mi relato "Sequía", extraído del libro inédito "En los nidos de antaño" y que ha obtenido un accésit en el "VII Certamen de Relato Breve la lectora impaciente, 2010"
ACCÉSIT
Sequía
Jesús Andrés Pico Rebollo
Sabadell (Barcelona) - España
Cada uno se rasca donde le pica. Y a mí me pican las liendres desde mi madre, que a ella también le picaban, y mucho. Y no es ninguna deshonra, que si unos nacemos con piojos, otros nacen con peores males y ni se rascan. Y cállate de una vez, porque empiezas tocándome los piojos y cualquiera sabe dónde vas a parar. Que por una chispa comienza el fuego y todo lo que eches después arde que se las pela. Y no estamos para apagar fuegos, que el río baja muy seco este año. ¿Recuerdas el año aquel que se juntó con el canal? Mira que es alto el puente y el agua llegó a rebasarlo. ¡Cómo bajaban las aguas, arrastrado todo lo que encontraban a su paso! Pero el jodido aguantó, como puente viejo que es, las embestidas del agua, los troncos y toda la porquería que venía por el cauce. Año de nieves, año de bienes, dicen. Aquí nieva muy raras veces, pero la lluvia bien que se agradece, no tanta como entonces que se le fue la mano a Dios, pero sí la justa y, sobre todo, cuando es menester, aunque sabido es que nunca llueve a gusto de todos. ¿Y qué pasa cuando no llueve ni a tiros? Pues que tú me culpas a mí y te metes con que si me rasco o me dejo de rascar.
Pero vamos a ver, mujer, qué culpa tengo yo de que se nos vayan amontonando desgracias sobre desgracias, como se acumula ramerujo en el pinar que ya no limpia nadie y cualquier día va a arder con sólo pisarlo de seco que está. ¿Soy acaso responsable de que la vida siga su curso como un río revuelto lleno de pozas y remolinos? Se nos murió el cerdo, ¿y qué? Me quedé sin trabajo, ¿y qué? Se nos fueron los hijos, ¿y qué? ¿Nos hemos muerto de hambre? ¿Te ha llegado a faltar algo que sea realmente necesario para vivir? A los hijos si que se los hecha de menos, pesa la soledad y la casa vacía, pero nos tenemos el uno al otro, ¿o no? Y algún día vendrán a visitarnos, digo yo, que cada vez las distancias son más cortas. Y ellos mejor están viviendo su vida, lejos, sí, pero felices. Al menos eso dicen en sus cada vez más breves cartas, ralas de contenido y espaciadas en el tiempo: que no nos preocupemos por ellos, que viven felices.
Sigues en tus trece. Dale que te pego con echarme la culpa de todos los males acumulados, incluso de la sequía, de esta canícula eterna que lo está agostando todo. Pero la vida es así y no hay vuelta de hoja. Cuando el verano viene seco, pues viene seco y san se acabó. Nosotros no tenemos cosechas que perder porque ya las hemos perdido todas. No tenemos que preocuparnos por los hijos, que ya lo hicimos cuando fue menester. No tenemos más que seguir aguantando como hasta ahora, que todo tiene arreglo en esta vida. ¿O no? ¿Por qué callas? ¿Qué gato negro te ha comido la lengua de repente? ¿Quieres que me vuelva para que puedas murmurar a gusto a mis espaldas? Di algo, insúltame, échame la culpa de todo como siempre. No te quedes callada como una muerta silenciosa y triste.
¿No tienes sed? Yo tengo seca la boca, secos los ojos, seco el corazón. Y no es sólo por el sol que ahí fuera está cayendo a plomo, que va secando los pozos y empequeñeciendo el río, que asola los campos y hace crepitar hasta el polvo de los caminos. No, no es este largo agosto que padecemos el que ha quemado mi interior. Yo también tuve sueños, ¿sabes? Y esperanzas. Pero acepté la vida como vino. Y no me quejo. Que cada cual tiene su sino y en eso no somos distintos de los perros, las mulas o los cerdos. Vivimos como podemos, como nos dejan, aguantando carros y carretas, para morir después. Y si lo aceptas, eso que tienes ganado. Y no hay que darle vueltas, no hay que pensar porque el pensar nos hace desgraciados. Protestar sí. Y cagarnos en la madre que lo parió a todo, porque hay que echar los demonios fuera para seguir viviendo sin reventar en un recodo del camino.
Si, si, tienes razón soy un grajo, un pájaro maldito y agorero que ha traído la desgracia a esta casa. Soy culpable de todos nuestros males, de no poder traer y llevar las nubes a nuestro antojo y evitar así la helada negra y la sequía. Culpable de vivir ya sin esperanza bajo este sol abrasador que nos está resecando hasta el alma, de no haberte sabido dar todo lo que mereces, de haberte engañado alguna vez, de no lavarme lo suficiente y dejar que las chinches aniden en mi pelo. ¿Qué más quieres, di, qué más culpas quieres que cargue a mis espaldas?
Te callas, ¿eh? Así está mejor, porque no creas, que aunque uno a veces siente la tentación de tirarlo todo por la borda, si lo piensas bien siempre queda un poso de esperanza, una nube perdida en el infinito azul, que puede ser, a la postre, avanzadilla de gruesos nubarrones de lluvia y de tormenta. Ahora que estás tan callada y tan quieta, podría hacerte algunas confesiones, contarte..., pero no lo creerías, y a fin de cuentas a ti qué te importa ya.
Lo que pasa, mujer, es que nosotros hemos vivido siempre en una sequía continua, peor que ésta que padecemos ahora. Nacimos en ella y en ella nos estamos muriendo por mucho que nos obstinemos en ahondar nuestras raíces buscando un agua que ya no existe. Y es bueno que los hijos se vayan en busca de otras tierras donde llueva o, al menos el agua no sea cuestión de vida o muerte como aquí donde todo se está agostando, las gentes y los campos, y tú y yo sabemos lo que es vivir oliendo siempre a sudor, y a polvo, y a sequía, y no queremos que nuestra historia se repita en ellos como en nosotros se repitió la de nuestros padres. Nosotros no tuvimos la oportunidad de irnos, ni de pensarlo siquiera, pero ahora los tiempos han cambiado y no puede haber nada peor que este denodado luchar contra el sol mientras nos vamos quemando, secando día tras día. Y es así, y la vida es así, y es cierto que no servimos para nada, pero yo no tengo la culpa de que esto pase, de que el tiempo siga, y la sequía siga, y tú te hayas quedado ahí, inmóvil para siempre, y el médico se haya ido de vacaciones para poder lavarse, y el cura esté durmiendo la siesta y no se le pueda molestar con este calor, y de que te estemos velando tan sólo las moscas y yo, que, al fin y al cabo, es todo lo que tienes. Y, al menos, tienes algo más que yo: que, y eso que ganas, se te ha quitado para siempre la sed.

