Valladolid se encuentra relativamente cerca de Sardón de Duero (28 Km), pero en mi lejana infancia era un lugar remoto al que me llevaba alguna vez mi padre para visitar a mis tíos y pasear por el centro y el Campo Grande, o, en septiembre, disfrutar de las Ferias y Fiestas de San Mateo. Tomar el tren o el autobús para realizar aquellos viajes era un acontecimiento deslumbrante.

Más tarde viví en la ciudad y descubrí sus calles, sus monumentos, sus secretos lugares, su acontecer diario, sus gentes, sus poetas, su historia en piedra y agua…

Hoy, desde el recuerdo, dejo aquí un fragmento de un romance más extenso en que hago alusión a los viajes y a mi primer recital poético en las inefables e inolvidables “Mañanas de la Biblioteca” de la Casa de Cervantes diriguidas por el poeta Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña.

Valladolid

Surgiendo de la niebla y los secanos

la ciudad castellana era una fiesta

en mis ojos de niño alucinado

cuando íbamos de compras, de visita

a casa de los tíos. Y era mayo

con flores de cristal, fruta prohibida,

maravilla engarzada en el asfalto,

para mi pobre enero, cada viaje.

Las voces que la piedra ha conservado,

inefables aún, ineluctables,

granaban mis oídos como marzo,

invisible la nieve de su frente,

granaba con su soplo los sembrados.

Por las calles antiguas y los libros

mis pasos vacilantes se adentraron,

el alma de Castilla y tanta historia

respondían al eco de mis pasos,

al eco de mis pasos los poetas

de amordazada voz, los vates gratos

a los dueños del día, hasta un silencio

de versos nunca escritos elevaron

sus rítmicos secretos, y mis dedos

contaban las auroras, los ocasos

dorados, las palabras como arenas

de rumoroso mar alto y lejano.

Casa de Cervantes (recital poético)

¡Qué luz tan azul, qué mundo nuevo,

qué despertar de luna en los vocablos,

qué posesión del verbo que volaba

cervantina mañana como un dardo

buscando un corazón, un alba pura!

Nicomedes, al frente del senado,

asentía: “Hay poeta.” Su melena,

nevada por los versos, era nardo

de luz, era poema. Era yo entonces,

heredero de inviernos y veranos,

primavera de dicha enajenada,

otoño vislumbrado con trabajo,

estremecido asombro entre las plumas

que a mis versos ponían los aplausos.

Fotos de Laura Escudero, del álbum "My hometown II"