DESPEDIDA

Dijiste adiós con palomas en las manos

y un beso para otro anidaba en tu boca;

el corazón palpitando a flor de labios

mentía sin saberlo.

El tren sacó entonces su pañuelo de humo,

el amargo sobresalto de su voz

quebró la tarde y el lento día tuvo

urgencia repentina.

Temblando como el labio que ahora calla

quedó el corazón en el pañuelo

y la tarde con sus risas y su magia,

pintada de tristeza.

El húmedo espejo de una lágrima

reflejó la tibia curvatura del vacío

y el mundo que a otros ojos maravilla

parecía perdido.

Dijiste adiós y se quebró el universo.

En la tierna geografía de los rostros

una lluvia de llanto grabó los surcos

que ahora cubre el polvo.