DE LIBROS Y BIBLIOTECAS

En algún lugar he leído el slogan “regálate un libro”. Y siendo el libro algo personal es una opción acertada.
Comencé a regalarme libros en una feria del libro, allá por la década de los setenta, en Valladolid. Hasta entonces leía todo lo que había en casa, que no era mucho y lo que pillaba en bibliotecas escolares y de prestado. Fue en el stand de la desaparecida “Zero-Zyx”, luego vinieron las librerías, los paseos dominicales por Cantarranillas -el rastro vallisoletano-, la adquisición de
“Cada libro es el resultado de una voluntad, y por eso mi biblioteca no se parece a otra alguna, como mi retrato no se parece a nadie más.”, escribió Guillermo Díaz-Plaja. No voy a hablar de mi biblioteca por no alargarme demasiado y no desvelar interioridades que no vienen al caso.

Un noble italiano llevó a un cordelero a ver la bahía de Nápoles, y cuando sus ojos contemplaron el inolvidable espectáculo de aquel cielo azul y aquel azulado mar y un bosque de jarcias y mástiles entre ambos, el cordelero exclamó: “¡Qué de cuerdas!” ¡Qué de libros!, exclamamos nosotros ante el espectáculo de las casetas y los escritores perdidos en un mar de páginas y portadas a cual más sugerente que pueblan por Sant Jordi las principales arterias urbanas de las ciudades y pueblos catalanes junto al cielo rojo de las rosas enamoradas.
Un joven yanqui buscaba un regalo aceptable para una amiga. “Regálale un bolso.” – “Ya tiene uno.” – “Una polvera.” – “Ya tiene una.” – “Un libro.” – “Ya tiene uno.”
Hay, desgraciadamente, gente para la quien un libro es solamente un motivo de adorno.
Sócrates no escribió ningún libro. Él mismo era un libro.
(Recreado de “Cosas y gentes”, de Salvador de Madariaga)

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brincan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Jorge Luis Borjes:”Poema de los dones”

Podría seguir rebuscando, entresacando, divagando, pero considero lo escrito suficiente para desear a quien lo lea, con el día del libro al caer, una buena lectura y una no menos personal e intransferible biblioteca que crezca como su poseedor en virtud, felicidad y ventura. En humanidad, en suma.





fenicia dijo
Felicidades por gustarte leer,por tenen concienciay consciencia de que cada vez que un libro se cierra se anre un gran ventanal y que todo,todo esta en ellos...
kisses
23 Abril 2008 | 12:00 AM