Era otoño y el viento levantaba

las hojas de tu falda,

en tus muslos yacían,

las arenas del alba.

Era otoño y evidenciaba el cielo

el fin de aquel verano.

Sobre tus duros senos

la sombra de mis manos.

Era otoño y aún entre mis dedos,

como un can solitario,

guardaba yo el aroma

del cáliz de tu sexo.

Era otoño. Caían de tan alto

los besos ya perdidos

con su sabor a estaño

hasta tus pies calzados.

Era otoño. Se aromaba de olvido

tu cuerpo de verano,

desnudo en los rincones

del viento calcinado.

Era otoño y un polvo sometido

dejaba en las aceras

sus manos sin olores,

su amarilla tristeza.

Era otoño. Tu piel ya no eran lomas

rendidas a mi tacto,

ni laderas tus muslos,

ni tu vello, preámbulo.

Ni mi sedienta lengua se saciaba

de humedad en tus labios

abiertos como fresas

lascivas a mis manos.

Ni en tu pubis tejían mis arañas

con hilos de saliva

los pilares del alba,

su cobijo de sombra.

Ni su sangre dejaba, extenuado,

fluir para futuros

encuentros con tu fuego

mi marchitado orgullo.

Los recuerdos llovían con su lenta

tristeza. Era otoño.

De tan casto el ocaso

se vestía de barro.