Tengo vaga conciencia

de siglos en mi sangre,

de olas milenarias

y vientos siderales,

de muertes y de vidas,

conocidos paisajes

que nunca he vislumbrado

y una luna sin cráteres.

Yo he sido muchas veces

y vuelvo por buscarte,

porque estaba metido,

incrustado en mi carne

como cristal fulgente

el sueño de tu imagen.

Yo soy de muchas veces:

de pasadas edades

perdidas y sombrías,

de pueblos abismales,

de la noche del fuego,

de primarias deidades

que dejaron grabados

sus pasos minerales.

Y siempre te he buscado

- y he llegado a encontrarte,

difuminada siempre.

vestida de otra carne-

para vivir el tiempo

que inundaba mi sangre,

morir, nacer, buscar

tu cuerpo de esta tarde.

De donde nace el viento,

donde la noche sabe

a cristales de estrellas,

caminos siderales,

caracolas dormidas

de inexpugnables mares

venimos, verdeciendo

los más profundos valles.

Venimos de la noche,

del misterio insondable,

del más profundo sueño,

del vientre de la madre

oscura y tenebrosa.

Mujer sobre la tarde,

¿te has parado a pensarlo?,

¿te atreves a mirarte

en el espejo negro,

ves tu esencial imagen

en tus ojos cerrados?

Amada mía, amante,

somos seres telúricos

que sobre la tierra arden.

Hay un pacto de siglos

cumplido en este instante.

Venimos de la noche,

del misterio entrañable.

Estamos en la aurora

del beso y de la sangre.

Es concreto tu cuerpo

y tu viento es palpable,

tus senos, tus caderas,

tus labios terrenales.

El mundo en ti es tangible

porque el mundo es tu carne.

Y tangible es el viento,

y tangibles las aves

que vuelan de los labios,

tangible es el carácter,

sin lugar y sin nombres,

eterno, de este instante,

es el verbo que pongo

desnudo, inquebrantable,

al hecho de querernos,

de amarnos esta tarde

con la fuerza terrena,

cósmica de la sangre,

de la lluvia y el viento

que en nuestras venas caben.