OLVIDO

Eras la amante del río,
levedad para tus besos
y peces para tus muslos.
Eras ímpetu y deseo,
eras sed, instante breve.
Eres río sin recuerdo.
No guarda memoria el agua
del transparente mancebo
que jugaba en los guijarros
desnudos del nacimiento
ni de la doncella amante
que le entregara su cuerpo
aguas abajo, muy cerca
del remanso del guerrero,
no recuerda las heridas
de ríos y ruiachuelos
y olvida su propia muerte
por estar siempre viviendo.
Eras la amante del río,
eras la amante sin tiempo
y el nombre se te olvidó
de los amores primeros.

Qué amargos saben los nombres
que al olvido deja el viento,
qué margos los condenados
a vivir fuera del pecho
asomándose a las bocas
que perdieron ya los besos.
Qué amargos son, y qué tristes.
Qué triste, mujer, un cuerpo
como tu cuerpo, desnudo,
amoratado, desértico,
qué tristes labios sin agua,
qué tristes ojos sin sueños,
qué triste nido sin aves,
qué tristes son los almendros
bajo la helada que mata
su vestido de febrero,
qué tristes porque olvidaron
florecer en otro suelo.

Noche de cristal partido
por un relente de acero,
noche de estrías clavadas
en un nostálgico velo,
cayendo van en los ojos
estrellas que se perdieron.
Ventana profunda y rota
por una espada de hielo,
ciego de mirarte tanto
en las estrellas te veo.
Olvidarte de tu olvido
no podrás en este suelo.
Si las palabras te nacen
ninguna romperá el cerco,
aquella que lo consiga
se enamorará del viento.
Amaneceres y ocasos
pasan por los setimientos.
Olvidarte de tu olvido
no podrás bajo este cielo.