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La Coctelera

Categoría: Relatos

I ANTOLOGÍA DE NARRATIVA CORTA LVDLPEI 2009

Tras muchos problemas y vicisitudes, ha visto la luz esta antología en la que participo como ganador  del certamen realizado en su día. Aún no ha llegado a mis manos el ejemplar que me corresponde, pero ya está a la venta. Dejo el enlace a la revista Hispanorama Literario por si alguien quiere solicitar el libro o hechar una ojeada a la revista. 

Relación de los TREINTA AUTORES de la ANTOLOGÍA DE NARRATIVA CORTA

HISPANOAMERICANA LVDLPEI 20009:

 

JESÚS ANDRÉS PICO REBOLLO - EL MERCADER

GUSTAVO CRESTA - ESTA LLUVIA MANSA

JUAN CARLOS RIVERA QUINTANA - VISITACIÓN OLAY!... SIN PECADO CONCEBIDA

EDDA OTTONIERI - EN EL TEMPLO MILENARIO DE HACHEPSUT

ALEJANDRO FÉLIX RAIMUNDO - CRISTO RESUCITADO

MARIO FROILAN REYES BECERRA - VIVENCIA LEJANA DE LA CALLE BRUMPTON

FRANCISCO VARGAS FERNÁNDEZ - EL PLACER DEL SILENCIO

MICHAELANGELO BARNEZ - EL ÓMNIBUS

CÉSAR GASTÓN INSAURRALDE - ÉRASE LA MUERTE DE UNA LINEALIDAD

MARCELA VANMARK - ESENCIA DE MUJER

ELOÍSA ECHEVERRÍA - FANTASMA LIMPIANDO

ROSA LÍA CUELLO - FILOSOFÍA PARA GATOS

ALEJO URDANETA - FOLLAJE INMENSO DE RUMORES

IMANOL CANEYADA PASCUAL - IS SO GOOD

BEATRIZ ALICIA DURÁN - LLUVIA

CARLOS LÓPEZ DZUR - MEMORIA DEL ULTRAJE DE FLORIS

EVA ISABEL RUIZ BARRIOS - MÍRALE LOS OJOS

RUDY ALFONZO GÓMEZ R. - NUEVOS CAMINOS

JAVIER LUQUE - OCTUBRE, UN CRUEL ABRIL

ANTONIO TREJO - PARADOR CARRETERO

ANDREA YUNGBLUT - PENÉLOPE

CARMEN BERENICE BETANCOURT - RECOSTADA DESDE AQUÍ

OBED GONZÁLEZ M. - RECUÉRDAME FRENTE A LA PROFUNDIDAD DE UN MAR VOLCADO

DOLORES ESPINOSA MÁRQUEZ - SEGISMUNDO

ÁUREA LUCRECIA LÓPEZ QUILES - SETAS AMARILLAS

DELIA CRISTINA CHENA HERNÁNDEZ - TORCUATA Y MATILDE

RICARDO CAMPOS RUELAS - UN POCO DE AMOR

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR - VIENTOS DE ARENA

RICARDO ARREGUI GNAUTIK - LOS OFICIOS. EL OFICIO

Mª ELENA SOLÓRZANO - GIRASOLES DE PAPEL

SEQUÍA (tengo un poco abandonado el blog, pero no es por eso...)

 

Acabadas las vacaciones, que este año han llegado ligeramente adelantadas, retomo este espacio con la intención de escribir con más asiduidad de la que hasta ahora vengo haciéndolo, aunque tal vez no sea este momento del año el más adecuado, con los posibles lectores disfrutando de su anual descanso y alejados por tanto del tráfago de la red.

Para abrir boca reproduzco mi relato "Sequía", extraído del libro inédito "En los nidos de antaño" y que ha obtenido un accésit en el "VII Certamen de Relato Breve la lectora impaciente, 2010"

 

ACCÉSIT

 

Sequía

 

 

Jesús Andrés Pico Rebollo

Sabadell (Barcelona) - España

Cada uno se rasca donde le pica. Y a mí me pican las liendres desde mi madre, que a ella también le picaban, y mucho. Y no es ninguna deshonra, que si unos nacemos con piojos, otros nacen con peores males y ni se rascan. Y cállate de una vez, porque empiezas tocándome los piojos y cualquiera sabe dónde vas a parar. Que por una chispa comienza el fuego y todo lo que eches después arde que se las pela. Y no estamos para apagar fuegos, que el río baja muy seco este año. ¿Recuerdas el año aquel que se juntó con el canal? Mira que es alto el puente y el agua llegó a rebasarlo. ¡Cómo bajaban las aguas, arrastrado todo lo que encontraban a su paso! Pero el jodido aguantó, como puente viejo que es, las embestidas del agua, los troncos y toda la porquería que venía por el cauce.  Año de nieves, año de bienes, dicen. Aquí nieva muy raras veces, pero la lluvia bien que se agradece, no tanta como entonces que se le fue la mano a Dios, pero sí la justa y, sobre todo, cuando es menester, aunque sabido es que nunca llueve a gusto de todos. ¿Y qué pasa cuando no llueve ni a tiros? Pues que tú me culpas a mí y te metes con que si me rasco o me dejo de rascar.

Pero vamos a ver, mujer, qué culpa tengo yo de que se nos vayan amontonando desgracias sobre desgracias, como se acumula ramerujo en el pinar que ya no limpia nadie y cualquier día va a arder con sólo pisarlo de seco que está. ¿Soy acaso responsable de que la vida siga su curso como un río revuelto lleno de pozas y remolinos? Se nos murió el cerdo,  ¿y qué? Me quedé sin trabajo, ¿y qué? Se nos fueron los hijos, ¿y qué? ¿Nos hemos muerto de hambre? ¿Te ha llegado a faltar algo que sea realmente necesario para vivir? A los hijos si que se los hecha de menos, pesa la soledad y la casa vacía, pero nos tenemos el uno al otro, ¿o no? Y algún día vendrán a visitarnos, digo yo, que cada vez las distancias son más cortas. Y ellos mejor están viviendo su vida, lejos, sí, pero felices. Al menos eso dicen en sus cada vez más breves cartas, ralas de contenido y espaciadas en el tiempo: que no nos preocupemos por ellos, que viven felices.

Sigues en tus trece. Dale que te pego con echarme la culpa de todos los males acumulados, incluso de la sequía, de esta canícula eterna que lo está agostando todo. Pero la vida es así y no hay vuelta de hoja. Cuando el verano viene seco, pues viene seco y san se acabó. Nosotros no tenemos cosechas que perder porque ya las hemos perdido todas. No tenemos que preocuparnos por los hijos, que ya lo hicimos cuando fue menester. No tenemos más que seguir aguantando como hasta ahora, que todo tiene arreglo en esta vida. ¿O no? ¿Por qué callas?  ¿Qué gato negro te ha comido la lengua de repente? ¿Quieres que me vuelva para que puedas murmurar a gusto a mis espaldas? Di algo, insúltame, échame la culpa de todo como siempre. No te quedes callada como una muerta silenciosa y triste.

¿No tienes sed? Yo tengo seca la boca, secos los ojos, seco el corazón. Y no es sólo por el sol que ahí fuera está cayendo a plomo, que va secando los pozos y empequeñeciendo el río, que asola los campos y hace crepitar hasta el polvo de los caminos. No, no es este largo agosto que padecemos el que ha quemado mi interior. Yo también tuve sueños, ¿sabes? Y esperanzas. Pero acepté la vida como vino. Y no me quejo. Que cada cual tiene su sino y en eso no somos distintos de los perros, las mulas o los cerdos. Vivimos como podemos, como nos dejan, aguantando carros y carretas, para morir después. Y si lo aceptas, eso que tienes ganado. Y no hay que darle vueltas, no hay que pensar porque el pensar nos hace desgraciados. Protestar sí. Y cagarnos en la madre que lo parió a todo, porque hay que echar los demonios fuera para seguir viviendo sin reventar en un recodo del camino.

Si, si, tienes razón soy un grajo, un pájaro maldito y agorero que ha traído la desgracia a esta casa. Soy culpable de todos nuestros males, de no poder traer y llevar las nubes a nuestro antojo y evitar así la helada negra y la sequía. Culpable de vivir ya sin esperanza bajo este sol abrasador que nos está resecando hasta el alma, de no haberte sabido dar todo lo que mereces, de haberte engañado alguna vez, de no lavarme lo suficiente y dejar que las chinches aniden en mi pelo. ¿Qué más quieres, di, qué más culpas quieres que cargue a mis espaldas?

Te callas, ¿eh? Así está mejor, porque no creas, que aunque uno a veces siente la tentación de tirarlo todo por la borda, si lo piensas bien siempre queda un poso de esperanza, una nube perdida en el infinito azul, que puede ser, a la postre, avanzadilla de gruesos nubarrones de lluvia y de tormenta. Ahora que estás tan callada y tan quieta, podría hacerte algunas confesiones, contarte..., pero no lo creerías, y a fin de cuentas a ti qué te importa ya.

Lo que pasa, mujer, es que nosotros hemos vivido siempre en una sequía continua, peor que ésta que padecemos ahora. Nacimos en ella y en ella nos estamos muriendo por mucho que nos obstinemos en ahondar nuestras raíces buscando un agua que ya no existe. Y es bueno que los hijos se vayan en busca de otras tierras donde llueva o, al menos el agua no sea cuestión de vida o muerte como aquí donde todo se está agostando, las gentes y los campos, y tú y yo sabemos lo que es vivir oliendo siempre a sudor, y a polvo, y a sequía, y no queremos que nuestra historia se repita en ellos como en nosotros se repitió la de nuestros padres. Nosotros no tuvimos la oportunidad de irnos, ni de pensarlo siquiera, pero ahora los tiempos han cambiado y no puede haber nada peor que este denodado luchar contra el sol mientras nos vamos quemando, secando día tras día. Y es así, y la vida es así, y es cierto que no servimos para nada, pero yo no tengo la culpa de que esto pase, de que el tiempo siga, y la sequía siga, y tú te hayas quedado ahí, inmóvil para siempre, y el médico se haya ido de vacaciones para poder lavarse, y el cura esté durmiendo la siesta y no se le pueda molestar con este calor, y de que te estemos velando tan sólo las moscas y yo, que, al fin y al cabo, es todo lo que tienes. Y, al menos, tienes algo más que yo: que, y eso que ganas, se te ha quitado para siempre la sed.

EL MERCADER -Quiero que me leas-

 

 Amigo, amiga, de La Coctelera, en quiero que me leas. com, hay un concurso de relatos sin ánimo de lucro en el cual participo con este cuento. Si te ha gustado, puedes pasarte por allí y dejar tu voto. Te lo agradeceré.

 

EL MERCADER

 

 

Las ancianas llevan a sus hijas a los caminos, a los alberges y a sus tiendas y son a veces diez, veinte o treinta; las hacen yacer con los citados mercaderes y luego las casan. Y cuando el mercader se ha recreado a su antojo, ha de regalarle alguna joya, para que pueda demostrar que alguien ha tenido trato con ella. Y la que más joyas tiene, señal de que ha yacido con más hombres; así pues, antes se casa.

MARCO POLO  "La descripción del mundo"

 

 

 

 

Moderno mercader ofrezco en el babélico bazar de la red mi comercio de palabras. Busco ideas, frases, historias para engarzarlas y venderlas como propias. Robo si es preciso, mato si es menester. Todo porque quiero que me leas, que me compres con tu tiempo ajeno a inflaciones, acaso ignorante de plagios y mentiras, tu tiempo para yacer en él como yació mi ancestro, tal como lo describe el viajero veneciano, en sedas que figuraban un edén sobre la dura tierra transitada por miles de pezuñas y cansados pies. Esta es su historia, narrada por él mismo, que pongo ante tus ojos por si quieres comprarla o matarme por ella:

 

"Y venían las madres con sus hijas hasta mi tienda plantada en el valle, cerca de la ciudad que guardaba, tras el severo cinturón de sus murallas, virginales tesoros. Cansado del camino, de tantas singladuras y jornadas acumuladas en el alma, pesada carga de tiempo imposible de  aligerar o cambiar como el mudable cargamento de mi carro, desplegué la lona curtida por todos los vientos  y situé la tienda frente a la ciudad que al día siguiente recorrería, ansioso como estaba por conocer sus gentes, sus aún ignoradas costumbres, las construcciones sugeridas bajo los pináculos resplandecientes al último sol de la tarde tras las murallas y los nombres que daban a los vientos y a las cosas. Has de plantar tu tienda en el valle, me dijeron, junto a las de los otros mercaderes y esperar. Es la costumbre. Mañana hallareis las puertas abiertas. Y así lo hice.

Y venían las madres con sus hijas hasta mi tienda. Me traían las madres a sus hijas de piel morena y andares de céfiro. Unas, las menos, con el terso cuello desnudo, otras, luciendo hermosas joyas en torno a él. Vírgenes, según supe después, o merecedoras de un inminente matrimonio. Yo entonces sabía ya lo que era dejar atrás mares enfurecidos, tantas veces  puestos en pie, cruzar montañas y desiertos donde la nieve y la arena borraban todos los caminos, y sabía también que aceptar los usos, hábitos y tradiciones de los lugares de tránsito, era moneda habitual y, muchas veces, garantía de supervivencia. Mientras mis ojos recogían el esplendor de la postrera luz del día sobre los ebúrneos cuerpos juveniles, mis oídos, captado ya el mensaje, se cerraban a cal y canto a la mercantil invitación de las madres, algunas ya ancianas, cumpliendo un rito aceptado como se acepta la lluvia, el viento y los dioses. Recorría con la vista el mágico perfil de las muchachas, los muslos inquietos, los pechos de gacela, los rostros modelados por un viento divino, la amanecida belleza contra el sol del ocaso. Y unos ojos detuvieron los míos. Una saeta de fuego verde me dejó ciego de repente o, al menos, huérfano de un mirar que no fuera aquel tierno mirar de amanecida que emanaba de unos ojos gárrulos y sumisos a un tiempo.

Ojos de alondra sin nido que me observaban, desnudos, bajo la bruna cabellera revuelta, entre sedientos pliegues de sábanas y epidermis, en los cálidos confines de mi reino de tela y mercancías. Ojos de mudas respuestas expresivas a mis preguntas sobre su dueña, su pueblo y sus costumbres. Ojos ávidos de experiencias, sobre un cuerpo núbil destinado a yacer con muchos hombres antes de hacerlo con un príncipe de su tierra. Ojos que deseé para mí sólo, incumpliendo la norma capital de todo mercader, aquella que dice que todo es susceptible de venta o trueque. Pero yo entonces no conocía el amor. 

Las mágicas aves de la noche alejaron los temores nocturnos, los peligros reales o imaginarios que tantas veces rondaron mi tienda, los fantasmas de la soledad y el miedo a lo desconocido, siempre vencido por mi afán de saber, de conocer, de ir  más allá de lo inmediato y sabido, que confería entidad y significado a mi oficio, elegido libremente entre todos los posibles. Y trajeron la lluvia, inusitada en aquella época del año. La lluvia con su insistente repiqueteo quería descubrir el amor que brotaba, más incontenible que ella, bajo la lona. El amor que hacía tambalear los cimientos de mi ser y mi razón. Bien saben los dioses que en aquellos momentos mi vida nómada no tenía sentido alguno. Si existe el paraíso que prometen ciertas religiones más allá de la muerte, será pálido reflejo del éxtasis y placer de la noche aquella.

He recorrido todo el mundo conocido comprando y vendiendo, trocando corales por metales, metales por paños y paños por rocas esculpidas por el viento, artículos intranscendentes por objetos valiosísimos. He visitado países donde el oro y las perlas crecen como la hierba y no tienen el menor valor para sus habitantes, ciudades hospitalarias donde los maridos me ofrecían a sus esposas y los padres a sus hijas porque es su costumbre y su ley. He visto quiméricos tesoros y descubierto insólitas culturas, mujeres que semejaban diosas y diosas idénticas a mujeres. Me he complacido en placeres, frutas y viento. Me he introducido en los vericuetos de cuantas religiones he conocido y de las más impías convicciones. He recorrido muchos caminos buscando la impagable presea de aquella noche, perdida ya para siempre. Me pregunté, tendida ella a mi lado, en placentero relajamiento, interludio de la amorosa batalla, cómo podría comprarla, por qué singular ofrenda conseguiría canjearla. Afortunado y desdichado mercader tenía entre mis manos el tesoro más preciado: piel de aceituna con un edénico tinte rojizo, suave como los tejidos del oriente, tersa y dúctil como el oro de la gran península, ondulada como un objeto conformado por el mar y el viento tras largos años... Pero habría de dejarlo para otro.

 La noche, mecida por la lluvia, avanzaba inexorable sobre los montes mínimos cuyas cimas, sonrosadas y erectas, rozaban las nubes de mis labios, sobre los lentos declives de los muslos prietos, prometedores como riberas fértiles. Saboreé sus encantos contando con los dientes el vello rizado de su pubis. Y cesó de llover.

Todos mis intentos por conseguirla al clarear el alba, resultaron vanos. Aunque sabía que no poseía objeto alguno comparable a su belleza, intenté, usando mis recursos y ardides de comerciante, comprarla. Rogué, desnudé mi alma con una sinceridad que sonaba falsa, pensé en raptarla, ofrecí quedarme allí para siempre, hacer lo que fuera con tal de estar a su lado. Terminé viéndola partir entre los suyos, luciendo en su cuello un ídolo dorado engarzado de rubíes, preciada herencia que recibí de mis mayores y juré conservar hasta el fin de mis días. No entré en la ciudad. Desolado, regresé a mi tienda a esperar la noche entre sedas vacías.

He andado muchos caminos desde entonces. Me he enriquecido y sumido en la mayor de las miserias. He sido víctima de salteadores y huésped de reyes. Como el mar, he hundido embarcaciones y alumbrado espléndidas islas. He comprado objetos manchados de sangre y vendido perlas inmaculadas. He traficado con lo que para unos es sagrado y para otros abyecto. He sido fiel a mi oficio, tanto en la paz como en la guerra. Y he sobrevivido burlando religiones, creencias, usos, costumbres y leyes que al final son siempre la misma: la vieja ley de la supervivencia. He descubierto siempre, bajo cualquier atuendo, un cuerpo de mujer estremecido. Y recuerdo, desnudos, sobre un cuerpo núbil y rendido, unos ojos. Aquellos ojos. La noche aquella. La muchacha que hice mujer bajo la lluvia, bajo la lona, debajo de mi orgullo de mercader, en este mismo valle donde he plantado mi tienda tanto tiempo después.  

Y vienen las madres con sus hijas de piel morena y leve tonalidad rojiza, vírgenes unas, otras con joyas en el cuello. Sólo tengo que elegir a una de ellas para soportar el frío de la soledad nocturna. Admiro el mágico perfil de las muchachas, los muslos inquietos, los pechos de gacela, el rostro cincelado por un buril divino, la amanecida belleza contra el sol del ocaso. No quiero escuchar la monótona exhortación de las madres proclamando las virtudes de sus hijas. Sólo una no habla. Me mira desde el fondo de sus ojos verdes, ojos de alondra que anidó en otro lecho, evocadores de la noche y de la lluvia sobre el fulgor dorado de su cuello. Acompaña a una joven de ojos airados que miran a su madre sin comprender su silencio, su inexplicable interés para que este viejo mercader se decida por ella. Ojos de asombro al resultar elegida, pese a todo.

Ojos que me observan, desnudos, bajo la bruna cabellera, sobre las sábanas ahítas, debajo de la lona acariciada por la luna, verdes de asombro y agua detenida. Ofendidos ojos de muchacha tendida que no comprende por qué este canoso y estúpido mercader le ofrece sus tesoros sin poseerla. He de conocer muchos hombres para poder desposarme. Goza cuanto quieras y, luego, aceptaré tus regalos, dice. Y los mágicos pájaros de la noche se posan sobre la tienda. Pero no traen la lluvia. En esta época del año no suele llover."