Categoría: Prosa
1 Agosto 2009
Entonces era la luna leyenda. Una zarza, un hombre. Y también un rostro.
Volaba la imaginación en aquel despertar nocturno, la espalda contra el suelo y los ojos descubriendo el infinito estrellado sobre la Meseta.
Paz, asombro. Susurros de estrellas. Y la luna. El ensueño cambiante de la luna.
Luego fue satélite, roca, cráteres, polvo sin viento y una bandera.
Asimilaba la razón las palabras de la ciencia, las imágenes del progreso.
Más tarde se abrió el corazón y la luna me miraba con su polisón de nardos, con un niño de la mano. Veía yo sus senos de duro estaño, oía su retumbar de agua.
Y la sangre derramada surgía por los arrayanes blancos de su luz...
Ahora el hombre lobo que me habita busca su luna llena, mientras recorro el mundo intentando descubrir las heridas que dejó el celeste cuerpo sobre la faz de la tierra.
La luna acaricia con sus dedos de agua la piel de mis pies en las noches de marea.
Yo la contemplo, embriagado, anhelando descifrar su misterio. Y el mío.
servido por Jesús Andrés
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21 Diciembre 2008
En las largas tardes de invierno de mi infancia sin televisor y casi sin jugetes, la baraja era un elemento de entretenimiento. Recuerdo a mi padre escenificando historias en que las figuras cobraban vida. ¿Quién, de mi edad, no ha levantado un castillo de naipes o ha tapado simúltaneamente las patas de los cuatro caballos?
En casa jugábamos a la brisca. En la cantina, el mus y el tute subastado competían con el dominó sobre las mesas de mármol y hierro forjado.
En mi juventud aprendí varios juegos de manos con cartas y admiro la habilidad de los prestidigitadores que me dejan boquiabierto aunque conozca el truco.
Mis juegos predilecto son el tute y sus derivados, julepe, subastado..., y el mus, aunque creo que habré de esperar a la jubilación para hechar alguna partida si es que no desaparecen las barajas y la escasa gente que sabe jugar.
Como consuelo siempre me quedarán los solitarios. Y los versos.
Para los que juegan a la lotería, otra suerte de azar, les deseo que mañana les toque algún premio gordo o, al menos, la pedrea. Y a los que no, que el trabajo, que lleva camino de convertirse en una lotería, no les abandone y tengan salud y paz.
¡Suerte y buenas fiestas!

VERDE PASIÓN
sobre el verde tapete reclinado
(Antonio Machado)
Ahora que pintan bastos
entre paja recojo todos los tantos.
Y si pintan espadas
por las briscas peleo baza a baza.
Y cuando pintan copas
me emborracho de as, caballo, sota…
Y si pintaran oros
el tapete comprara para mí solo.
Ahora que la mano del azar determina el triunfo
he de buscar las diez de últimas
y, cante o no cante las cuarenta,
he de dar un órdago a la vida y pedir con siete
aunque doce medias no hubiera en la baraja.
Ahora que mis labios esbozan las señas,
el beso, las palabras, he de envidar,
jugarme todo el resto, subido a una escalera
o a treinta y una muertes abocado,
he de envidar, subastar mi entendimiento
y dar julepe a Dios si fuera mi adversario.
servido por Jesús Andrés
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10 Diciembre 2008
Amigo, amiga, de La Coctelera, en quiero que me leas. com, hay un concurso de relatos sin ánimo de lucro en el cual participo con este cuento. Si te ha gustado, puedes pasarte por allí y dejar tu voto. Te lo agradeceré.

EL MERCADER
Las ancianas llevan a sus hijas a los caminos, a los alberges y a sus tiendas y son a veces diez, veinte o treinta; las hacen yacer con los citados mercaderes y luego las casan. Y cuando el mercader se ha recreado a su antojo, ha de regalarle alguna joya, para que pueda demostrar que alguien ha tenido trato con ella. Y la que más joyas tiene, señal de que ha yacido con más hombres; así pues, antes se casa.
MARCO POLO "La descripción del mundo"
Moderno mercader ofrezco en el babélico bazar de la red mi comercio de palabras. Busco ideas, frases, historias para engarzarlas y venderlas como propias. Robo si es preciso, mato si es menester. Todo porque quiero que me leas, que me compres con tu tiempo ajeno a inflaciones, acaso ignorante de plagios y mentiras, tu tiempo para yacer en él como yació mi ancestro, tal como lo describe el viajero veneciano, en sedas que figuraban un edén sobre la dura tierra transitada por miles de pezuñas y cansados pies. Esta es su historia, narrada por él mismo, que pongo ante tus ojos por si quieres comprarla o matarme por ella:
"Y venían las madres con sus hijas hasta mi tienda plantada en el valle, cerca de la ciudad que guardaba, tras el severo cinturón de sus murallas, virginales tesoros. Cansado del camino, de tantas singladuras y jornadas acumuladas en el alma, pesada carga de tiempo imposible de aligerar o cambiar como el mudable cargamento de mi carro, desplegué la lona curtida por todos los vientos y situé la tienda frente a la ciudad que al día siguiente recorrería, ansioso como estaba por conocer sus gentes, sus aún ignoradas costumbres, las construcciones sugeridas bajo los pináculos resplandecientes al último sol de la tarde tras las murallas y los nombres que daban a los vientos y a las cosas. Has de plantar tu tienda en el valle, me dijeron, junto a las de los otros mercaderes y esperar. Es la costumbre. Mañana hallareis las puertas abiertas. Y así lo hice.
Y venían las madres con sus hijas hasta mi tienda. Me traían las madres a sus hijas de piel morena y andares de céfiro. Unas, las menos, con el terso cuello desnudo, otras, luciendo hermosas joyas en torno a él. Vírgenes, según supe después, o merecedoras de un inminente matrimonio. Yo entonces sabía ya lo que era dejar atrás mares enfurecidos, tantas veces puestos en pie, cruzar montañas y desiertos donde la nieve y la arena borraban todos los caminos, y sabía también que aceptar los usos, hábitos y tradiciones de los lugares de tránsito, era moneda habitual y, muchas veces, garantía de supervivencia. Mientras mis ojos recogían el esplendor de la postrera luz del día sobre los ebúrneos cuerpos juveniles, mis oídos, captado ya el mensaje, se cerraban a cal y canto a la mercantil invitación de las madres, algunas ya ancianas, cumpliendo un rito aceptado como se acepta la lluvia, el viento y los dioses. Recorría con la vista el mágico perfil de las muchachas, los muslos inquietos, los pechos de gacela, los rostros modelados por un viento divino, la amanecida belleza contra el sol del ocaso. Y unos ojos detuvieron los míos. Una saeta de fuego verde me dejó ciego de repente o, al menos, huérfano de un mirar que no fuera aquel tierno mirar de amanecida que emanaba de unos ojos gárrulos y sumisos a un tiempo.
Ojos de alondra sin nido que me observaban, desnudos, bajo la bruna cabellera revuelta, entre sedientos pliegues de sábanas y epidermis, en los cálidos confines de mi reino de tela y mercancías. Ojos de mudas respuestas expresivas a mis preguntas sobre su dueña, su pueblo y sus costumbres. Ojos ávidos de experiencias, sobre un cuerpo núbil destinado a yacer con muchos hombres antes de hacerlo con un príncipe de su tierra. Ojos que deseé para mí sólo, incumpliendo la norma capital de todo mercader, aquella que dice que todo es susceptible de venta o trueque. Pero yo entonces no conocía el amor.
Las mágicas aves de la noche alejaron los temores nocturnos, los peligros reales o imaginarios que tantas veces rondaron mi tienda, los fantasmas de la soledad y el miedo a lo desconocido, siempre vencido por mi afán de saber, de conocer, de ir más allá de lo inmediato y sabido, que confería entidad y significado a mi oficio, elegido libremente entre todos los posibles. Y trajeron la lluvia, inusitada en aquella época del año. La lluvia con su insistente repiqueteo quería descubrir el amor que brotaba, más incontenible que ella, bajo la lona. El amor que hacía tambalear los cimientos de mi ser y mi razón. Bien saben los dioses que en aquellos momentos mi vida nómada no tenía sentido alguno. Si existe el paraíso que prometen ciertas religiones más allá de la muerte, será pálido reflejo del éxtasis y placer de la noche aquella.
He recorrido todo el mundo conocido comprando y vendiendo, trocando corales por metales, metales por paños y paños por rocas esculpidas por el viento, artículos intranscendentes por objetos valiosísimos. He visitado países donde el oro y las perlas crecen como la hierba y no tienen el menor valor para sus habitantes, ciudades hospitalarias donde los maridos me ofrecían a sus esposas y los padres a sus hijas porque es su costumbre y su ley. He visto quiméricos tesoros y descubierto insólitas culturas, mujeres que semejaban diosas y diosas idénticas a mujeres. Me he complacido en placeres, frutas y viento. Me he introducido en los vericuetos de cuantas religiones he conocido y de las más impías convicciones. He recorrido muchos caminos buscando la impagable presea de aquella noche, perdida ya para siempre. Me pregunté, tendida ella a mi lado, en placentero relajamiento, interludio de la amorosa batalla, cómo podría comprarla, por qué singular ofrenda conseguiría canjearla. Afortunado y desdichado mercader tenía entre mis manos el tesoro más preciado: piel de aceituna con un edénico tinte rojizo, suave como los tejidos del oriente, tersa y dúctil como el oro de la gran península, ondulada como un objeto conformado por el mar y el viento tras largos años... Pero habría de dejarlo para otro.
La noche, mecida por la lluvia, avanzaba inexorable sobre los montes mínimos cuyas cimas, sonrosadas y erectas, rozaban las nubes de mis labios, sobre los lentos declives de los muslos prietos, prometedores como riberas fértiles. Saboreé sus encantos contando con los dientes el vello rizado de su pubis. Y cesó de llover.
Todos mis intentos por conseguirla al clarear el alba, resultaron vanos. Aunque sabía que no poseía objeto alguno comparable a su belleza, intenté, usando mis recursos y ardides de comerciante, comprarla. Rogué, desnudé mi alma con una sinceridad que sonaba falsa, pensé en raptarla, ofrecí quedarme allí para siempre, hacer lo que fuera con tal de estar a su lado. Terminé viéndola partir entre los suyos, luciendo en su cuello un ídolo dorado engarzado de rubíes, preciada herencia que recibí de mis mayores y juré conservar hasta el fin de mis días. No entré en la ciudad. Desolado, regresé a mi tienda a esperar la noche entre sedas vacías.
He andado muchos caminos desde entonces. Me he enriquecido y sumido en la mayor de las miserias. He sido víctima de salteadores y huésped de reyes. Como el mar, he hundido embarcaciones y alumbrado espléndidas islas. He comprado objetos manchados de sangre y vendido perlas inmaculadas. He traficado con lo que para unos es sagrado y para otros abyecto. He sido fiel a mi oficio, tanto en la paz como en la guerra. Y he sobrevivido burlando religiones, creencias, usos, costumbres y leyes que al final son siempre la misma: la vieja ley de la supervivencia. He descubierto siempre, bajo cualquier atuendo, un cuerpo de mujer estremecido. Y recuerdo, desnudos, sobre un cuerpo núbil y rendido, unos ojos. Aquellos ojos. La noche aquella. La muchacha que hice mujer bajo la lluvia, bajo la lona, debajo de mi orgullo de mercader, en este mismo valle donde he plantado mi tienda tanto tiempo después.
Y vienen las madres con sus hijas de piel morena y leve tonalidad rojiza, vírgenes unas, otras con joyas en el cuello. Sólo tengo que elegir a una de ellas para soportar el frío de la soledad nocturna. Admiro el mágico perfil de las muchachas, los muslos inquietos, los pechos de gacela, el rostro cincelado por un buril divino, la amanecida belleza contra el sol del ocaso. No quiero escuchar la monótona exhortación de las madres proclamando las virtudes de sus hijas. Sólo una no habla. Me mira desde el fondo de sus ojos verdes, ojos de alondra que anidó en otro lecho, evocadores de la noche y de la lluvia sobre el fulgor dorado de su cuello. Acompaña a una joven de ojos airados que miran a su madre sin comprender su silencio, su inexplicable interés para que este viejo mercader se decida por ella. Ojos de asombro al resultar elegida, pese a todo.
Ojos que me observan, desnudos, bajo la bruna cabellera, sobre las sábanas ahítas, debajo de la lona acariciada por la luna, verdes de asombro y agua detenida. Ofendidos ojos de muchacha tendida que no comprende por qué este canoso y estúpido mercader le ofrece sus tesoros sin poseerla. He de conocer muchos hombres para poder desposarme. Goza cuanto quieras y, luego, aceptaré tus regalos, dice. Y los mágicos pájaros de la noche se posan sobre la tienda. Pero no traen la lluvia. En esta época del año no suele llover."
servido por Jesús Andrés
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4 Noviembre 2008
El último miércoles del pasado mes de octubre, nos dirigimos, mi esposa y yo, a la capital de España para recoger el Premio Orola de Vivencias, 2008, acunar en nuestras manos al recién nacido "150 Autores, 150 Vivencias", que recoje una muy cuidada antología de las vivencias presentadas al concurso y, de paso, redescubrir Madrid, por cuyas calles no resonaban mis pasos desde hace casi cuarenta años.
El día amaneció lluvioso en Barcelona y provincia y no teniendo, por ser laborable, quien nos acercara al aeropuerto, decidimos armarnos de valor y encomendarnos a RENFE. Pésima decisión, pues el tren de cercanías nos dejó en la estación de Sants con considerable retraso y si tomábamos el tren al aeropuerto que, ¡qué casualidad!, pasaba de hora en hora, no ibámos a llegar a tiempo para facturar la maleta, así que tuvimos que tomar un taxi que, por la módica cantidad de 18€, nos permitió realizar los trámites adecuados y tomar un vuelo que salió con casi una hora de retraso, obligándonos a tomar otro taxi en Barajas, 25€, otro módica cantidad, para llegar a las tres de la tarde -habíamos quedado a las dos- al vetusto y elegante local de La Gran Peña en la Gran Via madrileña, donde nos esperaban Fernando Orlando, su hijo Ignacio y Kadrinka Kadrinova, ganadora del segundo premio Orola. Fue un almuerzo distendido y cordial, donde nos conocimos mejor y ultimamos detalles de la entrega de Premios que se realizó a las 20 horas en una sala de la Presidencia del Gobierno de la Comunidad, en la mismísima Puerta del Sol. El acto, ver reseña en el blog de Orola, resultó un brillante alegato de la cultura.
El jueves, viernes (pese a la lluvia) y parte del sábado lo dedicamos a pasear por Madrid. Podéis ver algunas de las fotos que hice en mi página de Picasa.
Por la tarde tomamos el metro hasta el aeropuerto para volver a casa y para que no todo resultara agradable y perfecto me robaron la cartera con una cierta cantidad de dinero y toda la documentación, eso sí, de manera limpia, pues no me enteré hasta que en el último transbordo pude sentarme y notar un ligero descenso de peso en el bolsillo interior de la cazadora.
Pusimos la correspondiente denuncia en la comisaría de Barajas, anulamos las tarjetas al llegar a nuestro domicilio y hoy me he pasado la mañana para solicitar duplicados de la documentación sustraída. Y, ahora que todo vuelve a la normalidad, continúo esta minicrónica que comencé ayer y hube de suspender cuando mi hermana (habíamos comido en su casa y acabábamos de regresar) me llamó por teléfono para que llevará a mi cuñado que se había machacado literalmente el dedo meñique de la mano derecha con una cama plegable, a urgencias.
Por suerte, inmerso ya en la calma de la rutina, todo queda en una anécdota que puedo contar y en una gran satisfacción por la entrega del premio y un recuerdo agradable que, a fin de cuentas, será lo que perdure en mi memoria. Ahora he de cumplir con los compromisos adquiridos en la memorable velada del día 29, seguir escribiendo con la moral alta y probando suerte en otros concursos, amén de mantener este blog que tan buenos amigos me depara.
servido por Jesús Andrés
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2 Septiembre 2008
Rebuscando en el cajón donde guardo poemas y cuentos, muchos de ellos inconclusos, que un día me resistí a destruir, he hallado estos textos, probablemente escritos hace unos ocho años, cuando decidí que el oficio de escribir era oficio de otros y yo había de limitarme, puesto que hasta entonces no supe o no quise dedicarle todo el tiempo que era menester, decidí, digo, limitarme al placer de la lectura. Resumen o testamento de mi vida afectiva y literaria, se mezclaron con otros textos en un sueño del que la generalización de Internet, que ha despertado de nuevo en mí el deseo de escribir, los ha rescatado para esponerlos hoy en esta ventana abierta que es todo blog.
SARDÓN, 1964
Cabellera era de trenes
la tarde
(Dámaso Alonso)
Cabellera de trenes, blanca, negra, azul, densa de humo y carbonilla, tenue de lejanía. Cabellera de trenes, aunque sólo pasara el tren correo y algún lento mercancías, la tarde permanece, ondulante, en la brisa del recuerdo. Los niños de entonces veíamos pasar los trenes de entonces. Caminábamos sobre los raíles, saltábamos de traviesa en traviesa, deteniéndonos de repente, el oído sobre el bruñido acero para escuchar el trepidar lejano del tren que se adivinaba en el azul temblor del aire, entre el pinar, partido en dos por las paralelas infinitas. Recogíamos carbón, escorias, pernos...
Las vías con sus trenes de ida y vuelta, frontera sur del pueblo. Al norte el Duero discurría, entre rumor de álamos, hacia su lejano poniente. El Duero y sus aguas para barcos de papel. Pero entonces no tenía yo conciencia del tiempo ni conocía a Heráclito y veía pasar los trenes con sólo asomarme a la puerta de casa. Acudía a la estación para comer moras –había moreras en los andenes- y beber agua fresca con regusto a herrumbre extraída del pozo por medio de una bomba aspirante impelente con un chirrido tan entrañable como el de los frenos de los trenes. Subía al vagón perenne estacionado en la vía muerta donde Teresa -¡qué vago su recuerdo!- rozó con los suyos mis labios.
Cabellera era de trenes la tarde y yo, sin saberlo, había tomado el tren de la vida y viajaba en un vagón de tercera. Comenzaba a darme cuenta que no eran los trenes que pasaban, sino yo mismo. Y había de seguir, seguir viaje hasta el final. Y, si alguna vez volvía, ya no sería el mismo, porque comenzaba a morir un poco, como los pinos, la estación y la tarde que era ya una inmensa cabellera de trenes, trenes al viento y sin destino.
VALLADOLID, 1974
Si no siempre entendidos, siempre abiertos
(Francisco de Quevedo)
Cabellera era de versos la tarde. Venían del poniente, de los libros abiertos, poblaban las mesas y los estantes de la casa. Aves posadas ofrecían largas, quebradas, rítmicas, sus plumas. Los poetas con sus voces silentes despertaban palabras. Y entre la ortodoxia de preceptivas literarias de principio de siglo y la heterodoxia de los sueños surgían, surcos negros y azules sobre el impoluto blanco de las cuartillas, aquellos versos juveniles. Alzaban su vuelo de repente en las lecturas dominicales de la casa de Cervantes y desde las páginas del desaparecido Diario Regional. Surgían las primeras críticas: “Hay poeta si persevera en el empeño.” Discurría el Duero por mis versos plagados de pinos y de amor, amor que buscaba por las calles de la ciudad donde llegaban los trenes, calles repletas de historia y cabelleras de muchachas. Buscaba palabras y besos donde saciar una sed infinita. Machado, Juan Ramón, Marta, Mina, Miguel Hernández, Federico, Amelia, María del Camino..., poetas y mujeres se entremezclaban en la brisa de aquellas tardes urbanas. Altair que me dejó su luz y un poso amargo, los relatos de Cortázar, las primeras lecturas de Borges, Neruda, las barras americanas, los encuentros con las letras y Fernando Sánchez Dragó. Búsqueda de mi mismo y de la Historia por los libros abiertos, por los cuerpos desnudos, por los sueños despiertos...
VALENCIA, 1980
Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo
(Vicente Aleixandre)
El Mediterráneo cabellera de espumas. Luna, fuego, ojos de Felicidad anocheciendo en los míos. El amor tomaba cuerpo y substancia de mujer, se concretaban los sueños y los versos.
Miré tus ojos, perdí la vida que me dieron un verano. Felicidad, te amaba y te lo dije como te dije amor con otros nombres que ocultaban el tuyo, en otras bocas ávidas de tu boca, hacia otros ojos que anunciaban los tuyos creadores de vida en los océanos. Y el luto amarillo que portaba, cual la pena de un ocaso cruel y del otoño, desapareció al despertar el sol de Levante en tu mirada. Y caminamos juntos, bien lo sabes, desde entonces. Húmedos de mar y besos vemos pasar los mismos trenes.
SABADELL, 2000
El tiempo es la substancia de que estoy hecho
(Jorge Luis Borges)
Cabellera de recuerdos la tarde. La vía sin trenes y el Duero fluyendo continuo. Los versos dormidos y
los amores perdidos. Y el tiempo, substancia humana, creciendo conmigo, escribiendo otros libros –
puedo soñar, pero no escribir los sueños-. Pasados los cuarenta sólo el amor pervive. Lo demás son
recuerdos contra la pura forma del cristal o del agua, algunos versos, muchas ilusiones rotas. Lo demás
es derrota, concesiones al tiempo. Quebradas las alas, aún vuelo con los ojos. Veo pasar palabras de
otros, trenes que son otros. ¿Dónde quedó el empeño? En esta tarde inmensa, otras lecturas de
Borges, soy el río, el tigre, el fuego, soy yo, desgraciadamente.
servido por Jesús Andrés
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18 Julio 2008
He constatado como varios amigos de La Coctelera han colgado el cartel de "cerrado por vacaciones." Yo, que en esto de escribir no suelo ser muy constante, voy a hacer lo mismo, coincidiendo con mis vacaciones laborales que este año se presentan un tanto anárquicas. Me voy el lunes a Turquía, a ver si consigo un autógrafo de Dani Güiza o de Luis Aragonés. Retornaré el día 28 para reincorporarme al trabajo y del 12 al 17 de agosto volveré a coger unos días. El resto los disfrutaré sobre la marcha.
En mi infancia castellana las vacaciones se asociaban al Duero. Era tiempo de ir a bañarnos al río. Había una pequeña playa de arena, donde iba casi todo el pueblo, pero también rincones recónditos donde perderse o fabricar una almadía y navegar aguas abajo. Y estaba el canal donde los mayores iban a nadar aprovechando la profundidad del mismo. Pero el periodo estival era también un tiempo de trabajo. En el campo no hay vacaciones y yo acompañaba a mi padre cuando volvía de la faena y los fines de semana para regar el pequeño huerto familiar o me pasaba las calurosas tardes a la sombra leyendo y vigilando que no nos robaran los melones. Mi primer trabajo remunerado fue en verano: iba algunas tardes andando a un chalet que distaba unos dos km del pueblo para hacer de jardinero. No recuerdo cuanto cobraba, pero sí que me daban de merendar y que en la radio de la criada se escuchaba cada dos por tres "Mi carro" de Manolo Escobar.
A partir de los 14 años, siendo ya estudiante de Formación Profesional, aprovechaba los veranos para trabajar y ganar un dinero para el curso siguiente. Trabajé un verano en el campo, otro de tornero, dos en Suiza de pinche en sendos restaurantes, otro de peón de construcción...
Ya en Sabadell, aprovechaba las vacaciones, cuando podía tenerlas, para conocer Catalunya, o cuando nacieron los niños, para ir a Valencia a ver a la familia de mi mujer y descubrir las playas levantinas. Desde hace unos años comenzamos a viajar con los niños o mi mujer y yo solos, como haremos este año.
Esta es mi pequeña historia vacacional, supongo que tan parecida a la de tantos.
Cuando vuelva de Turquía colgaré algunas fotos del viaje. Hasta entonces buen verano a todos, amigos.
servido por Jesús Andrés
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9 Julio 2008
He tenido algunos problemas con el PC y no he podido rendir antes mi pequeño homenaje a este gran deportista cuya titánica final sobre la hierba de Wimbledon nos llenó la tarde del domingo de admiración y orgullo. Gracias Rafa por existir y dejarnos sin palabras.
servido por Jesús Andrés
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29 Junio 2008

Quienes disfrutamos de todos los deportes y del fútbol en particular, estaremos esta noche pegados al televisor para ver ganar a España, a esta selección que nos ha devuelto la ilusión a base de entusiasmo y buen fútbol. La mayoría de estos chicos ya saben lo que es ganar en las seleciones inferiores y ahora les toca demostrar su mayoría de edad. Luis, podrá ser todo lo criticado que se quiera, pero ha tenido el gran acierto de juntar a unos jugadores jóvenes y entregados que creen en lo que hacen, que es jugar al fútbol como se debe jugar. Con todo lo que han hecho para llegar hasta aquí, no pueden, no merecen perder. Ellos pueden y nosotros estaremos para verlo.

FINAL

Dos aficciones, dos países,
una desilusión y una alegría.
El sufrimiento, la entrega,
tendrán su recompensa
o no habrán servido de nada.
¿Para la fría estadística
nos entregamos tanto?
¿Será, por fin, esta vez,
o volverá el desencanto?
Tanta esperanza, tanta lucha,
la quintaesencia del fútbol,
ha de tener su premio,
ha de besar el balón
la red teutona.
La alegría desbordada
inundará las calles
y resultará la vida
un punto más ligera.

¡A por ellos!
¡Podemos!
¡Aúpa España!
servido por Jesús Andrés
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