El último miércoles del pasado mes de octubre, nos dirigimos, mi esposa y yo, a la capital de España para recoger el Premio Orola de Vivencias, 2008, acunar en nuestras manos al recién nacido "150 Autores, 150 Vivencias", que recoje una muy cuidada antología de las vivencias presentadas al concurso y, de paso, redescubrir Madrid, por cuyas calles no resonaban mis pasos desde hace casi cuarenta años.
El día amaneció lluvioso en Barcelona y provincia y no teniendo, por ser laborable, quien nos acercara al aeropuerto, decidimos armarnos de valor y encomendarnos a RENFE. Pésima decisión, pues el tren de cercanías nos dejó en la estación de Sants con considerable retraso y si tomábamos el tren al aeropuerto que, ¡qué casualidad!, pasaba de hora en hora, no ibámos a llegar a tiempo para facturar la maleta, así que tuvimos que tomar un taxi que, por la módica cantidad de 18€, nos permitió realizar los trámites adecuados y tomar un vuelo que salió con casi una hora de retraso, obligándonos a tomar otro taxi en Barajas, 25€, otro módica cantidad, para llegar a las tres de la tarde -habíamos quedado a las dos- al vetusto y elegante local de La Gran Peña en la Gran Via madrileña, donde nos esperaban Fernando Orlando, su hijo Ignacio y Kadrinka Kadrinova, ganadora del segundo premio Orola. Fue un almuerzo distendido y cordial, donde nos conocimos mejor y ultimamos detalles de la entrega de Premios que se realizó a las 20 horas en una sala de la Presidencia del Gobierno de la Comunidad, en la mismísima Puerta del Sol. El acto, ver reseña en el blog de Orola, resultó un brillante alegato de la cultura.
El jueves, viernes (pese a la lluvia) y parte del sábado lo dedicamos a pasear por Madrid. Podéis ver algunas de las fotos que hice en mi página de Picasa.
Por la tarde tomamos el metro hasta el aeropuerto para volver a casa y para que no todo resultara agradable y perfecto me robaron la cartera con una cierta cantidad de dinero y toda la documentación, eso sí, de manera limpia, pues no me enteré hasta que en el último transbordo pude sentarme y notar un ligero descenso de peso en el bolsillo interior de la cazadora.
Pusimos la correspondiente denuncia en la comisaría de Barajas, anulamos las tarjetas al llegar a nuestro domicilio y hoy me he pasado la mañana para solicitar duplicados de la documentación sustraída. Y, ahora que todo vuelve a la normalidad, continúo esta minicrónica que comencé ayer y hube de suspender cuando mi hermana (habíamos comido en su casa y acabábamos de regresar) me llamó por teléfono para que llevará a mi cuñado que se había machacado literalmente el dedo meñique de la mano derecha con una cama plegable, a urgencias.
Por suerte, inmerso ya en la calma de la rutina, todo queda en una anécdota que puedo contar y en una gran satisfacción por la entrega del premio y un recuerdo agradable que, a fin de cuentas, será lo que perdure en mi memoria. Ahora he de cumplir con los compromisos adquiridos en la memorable velada del día 29, seguir escribiendo con la moral alta y probando suerte en otros concursos, amén de mantener este blog que tan buenos amigos me depara.
servido por Jesús Andrés
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En algún lugar he leído el slogan “regálate un libro”. Y siendo el libro algo personal es una opción acertada.
Comencé a regalarme libros en una feria del libro, allá por la década de los setenta, en Valladolid. Hasta entonces leía todo lo que había en casa, que no era mucho y lo que pillaba en bibliotecas escolares y de prestado. Fue en el stand de la desaparecida “Zero-Zyx”, luego vinieron las librerías, los paseos dominicales por Cantarranillas -el rastro vallisoletano-, la adquisición de la Gran Enciclopedia Larousse a domicilio…Y mi biblioteca comenzó a crecer al ritmo que yo le imprimía a mi vida. Libros comprados, regalados, perdidos, llegados de no se sabe dónde y muertos no se sabe cómo conforman mi biblioteca, más escasa de lo que desearía y más reducida de lo que es menester para albergar los volúmenes que se apilan en el trastero y en el recóndito lugar del alma donde dejo los libros que quisiera adquirir pero no puedo.
“Cada libro es el resultado de una voluntad, y por eso mi biblioteca no se parece a otra alguna, como mi retrato no se parece a nadie más.”, escribió Guillermo Díaz-Plaja. No voy a hablar de mi biblioteca por no alargarme demasiado y no desvelar interioridades que no vienen al caso.

Un noble italiano llevó a un cordelero a ver la bahía de Nápoles, y cuando sus ojos contemplaron el inolvidable espectáculo de aquel cielo azul y aquel azulado mar y un bosque de jarcias y mástiles entre ambos, el cordelero exclamó: “¡Qué de cuerdas!” ¡Qué de libros!, exclamamos nosotros ante el espectáculo de las casetas y los escritores perdidos en un mar de páginas y portadas a cual más sugerente que pueblan por Sant Jordi las principales arterias urbanas de las ciudades y pueblos catalanes junto al cielo rojo de las rosas enamoradas.
Un joven yanqui buscaba un regalo aceptable para una amiga. “Regálale un bolso.” – “Ya tiene uno.” – “Una polvera.” – “Ya tiene una.” – “Un libro.” – “Ya tiene uno.”
Hay, desgraciadamente, gente para la quien un libro es solamente un motivo de adorno.
Sócrates no escribió ningún libro. Él mismo era un libro.
(Recreado de “Cosas y gentes”, de Salvador de Madariaga)

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brincan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Jorge Luis Borjes:”Poema de los dones”

Podría seguir rebuscando, entresacando, divagando, pero considero lo escrito suficiente para desear a quien lo lea, con el día del libro al caer, una buena lectura y una no menos personal e intransferible biblioteca que crezca como su poseedor en virtud, felicidad y ventura. En humanidad, en suma.
servido por Jesús Andrés
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